“En el
mundo no habrá paz mientras haya explotación, del hombre por el hombre, y
exista desigualdad”. Los Guaraguao.
El
presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, en su último discurso como
mandatario de esta nación ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU),
delineó lo que podríamos considerar su visión de las relaciones internacionales
y del papel que su país debe jugar en un mundo tan dinámico como convulso. En
un discurso elegante de retórica sumamente depurada, el presidente
estadounidense envió una alerta urgente
sobre los peligros que encierran ideologías radicales, desfasadas y
fundamentalistas que pretenden, en base al miedo, encerrarnos en muros.
Esta
advertencia llega en el momento más oportuno, pues gracias a la insensibilidad
e insensatez de hombres con ambiciones desmedidas, el mundo en que vivimos está
plagado de miserias que cercenan las posibilidades de desarrollo de gran parte
de la humanidad, de aquellos “humillados y ofendidos” de Dostoievski. Y a
nuestro humilde entender, después de la guerra, las más crueles e injustas
expresiones de estas miserias humanas son la pobreza y la desigualdad social.
Es por
esta razón que nos regocijamos al ver cómo el presidente Obama reivindicó estas
ideas ante la ONU, donde manifestó que el “capitalismo despiadado” solamente
beneficia a unas cuantas personas y proclamó que “La economía global tiene que
ser mejor para todos, no solo para los que están arriba”. Dejando, de esta
forma, traslucir su pensar sobre cómo la evolución de la economía global no ha
sido capaz de redimir las justas aspiraciones de bienestar de millones de seres
humanos.
Siguiendo
esta línea de pensamiento, el líder de la nación más opulenta y poderosa en la
historia de la humanidad, exclamó indignado:
“Un mundo
en el que un 1 % de la humanidad controla tanta riqueza como el 99% restante,
nunca tendrá estabilidad”.
Este es un
mensaje diáfano y contundente que está avalado por informes de prestigiosos
organismos internacionales como, por ejemplo, el Comité de Oxford para Ayudar a
la Hambruna (OXFAM) que en su informe del 2015 indicó que la mitad más pobre de
la población mundial vio decrecer su riqueza en un billón de dólares, mientras
que la riqueza de las 62 personas más acaudaladas del mundo creció en 500 mil
millones de dólares.
Amigo
lector, ¡esta abismal brecha de inequidad es insostenible e injustificable!
Sencillamente no tiene razón de ser un esquema económico que privilegia a los
más poderosos, permitiendo a su vez, que persistan niveles de desigualdad tan
altos que 62 personas poseen más riquezas que la mitad de la población mundial.
Por tanto,
nuestras sociedades deben entender que la teoría del efecto derrame y la
creencia de que la riqueza de los poderosos beneficia marginalmente a todos los
demás se han agotado. Por el contrario, la extrema riqueza de unos pocos es
señal inequívoca de que el sistema está enfermo, quizás, hasta cerca de
colapsar.
Antes que
Obama, otro presidente demócrata, llamado Franklin D. Roosevelt señaló que
desde antaño se sabía que la desigualdad extrema era inmoral, pero que ahora se
iban dando cuenta que también le hacía daño a la economía. Esperamos, que así
como esas palabras resuenan a través de la historia, también sirvan de
advertencia a los dueños del destino de la humanidad. Antes que sea demasiado
tarde.
POR
ERNESTO JIMÉNEZ
*El autor
es economista y comunicador

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