El primero en llevar la
noticia del golpe fuera del Palacio Nacional fue un joven de veinte años,
sobrino del Presidente, que no pudiendo controlar la curiosidad fue a toda
prisa al despacho de su tío cuando se propalaron rumores de que algo olía mal
en la sede del Poder Ejecutivo. Su
involucramiento empezaría alrededor de las once de la noche del martes 24.
A esa hora, Fernando Ortiz
Bosch se encontraba en el bar del Hotel Paz (después Hispaniola), en compañía
del ministro de Educación, Buenaventura Sánchez Féliz. Ese era su lugar habitual de reunión y nada
extraño tuvo que su madre, Ángela Bosch de Ortiz, hermana del mandatario, le
llamara allí para informarle de “un movimiento raro” en el Palacio. Sin pérdida de tiempo, Fernando condujo su
Chevy Nova modelo 1962 hasta allí y subió rápidamente las escaleras logrando
entrar al despacho presidencial.
Permanecería unas dos horas
en el lugar, ocupando su tiempo con entradas y salidas del despacho. La atmósfera se tornaba tensa a medida que
llegaban los ministros convocados por Bosch y los jefes militares, portando
éstos últimos armas largas. Cuando los
oficiales ordenan la brusca salida de los civiles del despacho, Fernando Ortiz
Bosch decide que es tiempo de él irse también para su casa. Bajó por un ascensor y al disponerse a
abordar su automóvil lo detuvo el coronel Manuel Ramón Pagán Montás.
Haciendo acopio de sangre
fría, el joven le espeta:
-¡El general Viñas Román me
dice que me vaya y usted me detiene! ¿Qué hago, dígame?
-¡Váyase!- le responde
autoritariamente.
Fernando no se hace repetir
la orden y abandona el recinto del Palacio Nacional, dejando allí a su tío, el
Presidente de la República, a merced de los militares.
Se dirige entonces a su
casa, en la calle Polvorín, a poca distancia del céntrico Parque Independencia,
para informar a su madre del golpe. En
el trayecto alcanza a ver, pese a la oscuridad,
a Rafael Faxas (Pipe), un alto dirigente del Catorce de Junio, que subía a
pasos acelerados por la calle Estrelleta, abotonándose la camisa. Fernando Ortiz detuvo su marcha, sólo por
unos instantes, frente al restaurante de Men, el chino, en la esquina de la
calle Arzobispo Nouel, para advertir a
su amigo Pipe de cuanto estaba ocurriendo.
Faxas echó a correr en dirección desconocida.
Ya en su casa, Fernando le
contó a su madre todo lo que había presenciado.
Como testigo ocular de los hechos, él sabía la identidad de los
golpistas. Si algo le ocurría a Bosch, Fernando sería un testigo excepcional. Por tanto, debía ponerse a resguardo. Su madre, que ejercía una gran autoridad
sobre él, le ordena que se asile.
En tanto, ella toma el
teléfono y consigue, después de algunas dificultades, entablar comunicación con
Luis Amiama Tió. Su hijo, le dice, se
encuentra asilado con una lista de todos los que habían tomado parte en el
derrocamiento del Presidente. Por tanto
tenían que garantizarle la vida de Bosch, su hermano.
Mientras su madre trataba de
comunicarse con Amiama, Fernando fue en busca de su amigo Ángelo Porcella, un
abogado y hacendado simpatizante del Gobierno.
Porcella vivía en la número uno de la calle Duarte, en la zona colonial,
ante un pequeño parque situado frente a la Iglesia del Convento, donde Ortiz
deja su auto al cuidado de su amigo. Y
en carro de éste, un Fiat blanco, se dirigen a la sede de la embajada de
México. Cuando llegan allí eran las 7:30
a.m. y la ciudad, ajena en gran parte todavía al golpe de estado, empezaba a
cobrar su ritmo habitual.
Estaba Ortiz en la galería,
tocando a la puerta de la embajada, cuando el chirrido brusco de neumático les
hizo volver la cara. Del automóvil de
los hermanos Gianni y Liliana Cavagliano se apeó Manolo Tavárez, quien de
inmediato saltó la pequeña verja de la casa y se le une. El embajador Ernesto Soto Reyes les recibió él
mismo y les permite entrar al ser informado del golpe.
En la residencia del frente,
donde vivía el coronel piloto Guarién Cabrera, se había doblado la custodia
militar.
Fernando Ortiz pasaría
varios días junto con Manolo Tavárez en la embajada de México. Más tarde, ese mismo miércoles 25, se
refugiaron allí otros tres jóvenes alegando persecución política. Manolo y Fernando tenían la sospecha de que
se trataba de policías enviados para vigilar al primero. Así lo dijeron al embajador y éste aisló a los
“sospechosos” en una habitación.
En los días siguientes al
golpe, las autoridades creían que era Máximo López Molina, el líder del
Movimiento Popular Dominicano (MP) y no Manolo quien estaba oculto en la
embajada. Tavárez y Ortiz llevaban
pistolas al cinto cuando llegaron a la sede diplomática.
El embajador Soto Reyes se
las quitó pero las puso en un lugar accesible en la eventualidad de que ambos
las necesitaran. Esa noche, Manolo se
puso melancólico mientras tumbaban cocos en el patio de la embajada. Hablaban del futuro. El líder del Catorce de Junio le confió que
no tenía más camino que las guerrillas.
Fernando trató de disuadirle explicándole que no existían condiciones
para un alzamiento. Manolo admitió que
lo entendía, pero él carecía de opciones.
-Yo he empeñado mi
palabra. Y no puedo ser menos que
Minerva (su esposa asesinada), ni ante mis hijos, ni ante mi país.
Fernando notó que Manolo
tenía húmedos los ojos.
El líder izquierdista salió
voluntariamente de la embajada días después, en horas de la madrugada, tal y
como había llegado, saltando por una verja.
Fernando Ortiz, en cambio, lo hizo con un salvoconducto a México, junto
con otros cinco asilados, el 4 de octubre.
--00—
El golpe de estado estropeó la luna de miel de
otro miembro de la familia del Presidente.
Su sobrina Milagros Ortiz Bosch, de 22 años, hermana de Fernando y
asistente del mandatario, días antes había contraído nupcias con Joaquín
Basanta, un argentino muy íntimo de Bosch y del presidente Rómulo Betancourt de
Venezuela. Las bodas tuvieron lugar el
sábado 21 y la pareja se fue de luna de miel al hotel Hamaca de Boca
Chica. El domingo 22 se trasladaron al
Hotel Montaña, en Jarabacoa.
Allí, esa noche, Milagros
recibe una llamada telefónica del coronel Calderón con instrucciones del
Presidente ordenándoles regresar de inmediato.
“Hay problemas”, le dijo escuetamente.
La pareja hizo las maletas y estuvo de regreso esa misma noche. En la casa de Bosch, se observaba una
creciente expectación. Bienvenido Hazim
Egel, Homero Hernández, Rafael Ellis Sánchez, este último de la seguridad del
Presidente y Sacha Volman, apenas podían controlar la excitación. Bosch también abrigaba temores de una acción
militar en su contra. Las informaciones
le llegaban a través del Presidente de la Cámara de Diputados, Rafael Molina
Ureña, que era su enlace con el coronel Fernández Domínguez. Los contactos entre éstos se realizaban en
una pequeña casa de madera, propiedad del congresista, situada en la carretera
Duarte, frente al barrio Los Prados.
Milagros supo que el embajador Martin había visitado varias veces ese
día al Presidente.
El martes 24, Día de Las
Mercedes, parecía que la amenaza de un golpe había sido superada. Milagros y su esposo Joaquín Basanta
pernoctaron la noche del lunes en casa del Presidente. En la tarde del martes, el propio jefe del
Estado le dijo a la pareja que podían regresar a Jarabacoa, de donde él los
había sacado, para terminar su luna de miel.
“Todo está bajo control”, les asegura.
Confiados en que todo se ha
arreglado y que el Gobierno ha conseguido salvar una crisis importante,
Milagros y su esposo parten de nuevo, pero esta vez directamente hacia Sosúa, a
disfrutar por fin de unos merecidos días de asueto, sol y playa en la
intimidad.
Su ansiedad fue en aumento,
sin embargo, al notar movimientos
inusuales de tropas en la carretera. En
el Cruce de Imbert se encuentran con el coronel Marcos Rivera Cuesta, subjefe
del Ejército, quien les dice que los soldados y los blindados se dirigen a la
frontera.
Tan pronto como hacen
presencia en el hotel en Sosúa, en horas de la madrugada del miércoles 25, un maletero les informa rumores
sobre un golpe de estado. Entre varias
llamadas, Milagros hace una a su casa.
Su madre, Ángela, enterada poco antes por su otro hijo Fernando de
cuanto estaba ocurriendo en el Palacio Nacional, se lo confirma. Es una tragedia. Basanta recomienda irse del hotel,
previniendo un registro en la búsqueda de ambos. Milagros, pese a su juventud, es una
asistente de Bosch muy influyente, con tareas de Gobierno importantes bajo su
responsabilidad directa. Guardan las
maletas de nuevo en el baúl del pequeño Herald Triumph de Milagros que dejan en
el parqueo y en la parte posterior de un camión de carga se trasladan a
Santiago. Allí consiguen moverse a Santo
Domingo en una camioneta, encima de inmensos racimos de plátanos. No era ésta precisamente la idea que ambos
tenían de cómo pasar una luna de miel.
Después de una lenta e
incómoda travesía, la pareja se detiene en una estación gasolinera a la entrada
de la capital, en el kilómetro nueve.
Milagros llevaba un pañuelo amarrado a su cabeza. Desde un teléfono público del negocio llama
al número privado del aparato que Bosch tenía en la esquina derecha de su
escritorio. Eran aproximadamente las dos
y media de la tarde del miércoles 25. El
propio Bosch levanta el auricular y reconoce inmediatamente su voz cuando ella
le dice:
-Mis enemigos se creen que yo
estoy bajando y yo me siento de pie sobre la tumba-, era una frase del prócer
Fernando Arturo de Meriño, que ella trató de recitar de memoria para darle
aliento. Bosch sólo acierta a
recomendarle:
-Milagros, ¡cuídate!-
añadiendo -¡Qué bueno que llegaste!
Después de dar vueltas por
la ciudad, sin rumbo fijo, la pareja se dirige al Hotel Jaragua, cuyo
administrador, Eddy Bogaert, les consigue una habitación. En este hotel permanecerían varios días,
cambiando constantemente de habitación, por razones de seguridad. Lo primero que hizo Milagros fue teñirse el
pelo de negro a blanco y colocarse unos lentes gruesos que modificaron
completamente su apariencia. Basanta,
que no era muy conocido, no tuvo necesidad de nada parecido.
La sobrina del Presidente derrocado
hizo contacto con Ana Elisa Villanueva de Majluta, la esposa del ministro de
Finanzas, detenido también en el Palacio Nacional. Con su ayuda trata en vano de reunir al
partido. Tampoco logran ponerse en
comunicación con oficiales adictos al Gobierno.
Desesperadas, las dos mujeres deciden entonces presentarse a las puertas
del mismo Palacio, lo cual hacen a las seis de la mañana del jueves 26. Ana Elisa empieza a gritarle improperios a
los militares de puesto y atraído por el escándalo unas horas después baja ante
ellas el general Hungría Morel, jefe del Ejército.
Presa de la indignación,
Milagros le reprocha, rechazándole el saludo:
-General, a la mano que
desconoce la voluntad del pueblo, no la voy a tocar.
Él le responde:
-¿Qué quieren ustedes?
-¡Entrar!
El general Hungría les
permite entrar al Palacio y ambas se dirigen directamente al despacho de Bosch,
cruzando entre pasillos llenos de militares fuertemente armados. Bosch tenía un aspecto de cansancio, con
naciente barba y una bata de un fuerte color azul. Milagros comprende que no dispone de mucho
tiempo y trata de acelerar la conversación.
Hablan sobre el partido. No
existe. De una reacción popular. No hay condiciones. De un contra-golpe militar.
Eso puede producir un baño de sangre.
Bosch decide enviar un mensaje al pueblo. Milagros lo alienta a escribirlo ahí mismo,
de su puño y letra, para ellas darlo a conocer afuera, al país, al mundo, que
observa con ansiedad y expectación el curso de los acontecimientos
dominicanos. Bosch se sienta a redactarlo. Su mano corre firme sobre el papel. Sus ojos azules cobran de pronto vida, con
una luz fulgurante, que no tenía cuando momentos antes las dos mujeres
penetraron a la oficina.
Ana Elisa toma el mensaje,
escrito a ambos lados de una sola página y lo guarda en su ropa interior, a
resguardo de un posible registro.
Animadas abandonan el despacho dejando al Presidente solo. Minutos más tarde, en la casa de la calle
Polvorín, las dos mujeres entregan copias del documento de Bosch a la
prensa. Tres periodistas dominicanos
–Luis Ovidio Sigarán del Listín Diario y Manuel de Jesús Javier García y Manuel
Pourié Cordero, de El Caribe- que las habían seguido tras haberlas vistos
penetrar al despacho de Bosch, le preguntan cómo han dormido el ex Presidente y
sus ministros detenidos.
-Han dormido el sueño
plácido de los que no se han manchado- respondió la sobrina del presidente
derrocado.
De ahí Milagros parte a una
reunión clandestina con el secretario general del PRD, José Francisco Peña
Gómez. Entre ambos redactan el primer
documento que el partido daría a publicidad contra el golpe de estado.
El mensaje de Bosch fue
publicado en las ediciones del Listín Diario y El Caribe del viernes 27 de
septiembre. El texto decía:
“Al pueblo dominicano:
Ni vivos ni muertos, ni en
el poder ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta.
Nos hemos opuesto y nos
opondremos siempre a los privilegios, al robo, a la persecución, a la tortura.
Creemos en la libertad, en
la dignidad y en el derecho del pueblo dominicano a vivir y a desarrollar su
democracia con libertades humanas pero también con justicia social.
En siete meses de gobierno
no hemos derramado una gota de sangre ni hemos ordenado una tortura, ni hemos
aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones.
Hemos permitido toda clase
de libertades y hemos tolerado toda clase de insultos, porque la democracia
debe ser tolerante; pero no hemos tolerado persecuciones, ni crímenes, ni
torturas, ni huelgas ilegales, ni robos, porque la democracia respeta al ser
humano y exige que se respete el orden público y demanda honestidad.
Los hombres pueden caer pero
los principios no. Nosotros podemos
hacer pero el pueblo no debe permitir que caiga la dignidad democrática.
La democracia es un don del
pueblo y a él le toca defenderla.
Mientras tanto, aquí
estamos, dispuestos a seguir la voluntad del pueblo.
Juan Bosch, Palacio
Nacional, 26 de septiembre del 1963”.
Por otra parte, el
comunicado redactado por Milagros Ortiz Bosch y Peña Gómez llamaba al pueblo a
resistir a “los traidores” que habían dado el golpe y del que se hace
referencia más arriba.
--00--
Santo Domingo vivió una de
sus jornadas más agitadas y excitantes el miércoles 25, tras conocer el
derrocamiento del Gobierno constitucional.
Muchos hombres y mujeres tuvieron que esconderse o asilarse para salvar
sus vidas o evitar ir a la cárcel o al exilio.
Temprano en la madrugada,
Carmen Palacios, esposa de Ángel Miolán, jefe de la maquinaria del Partido
Revolucionario Dominicano, oyó un ruido en las escaleras y fue a indagar. Los esposos Miolán vivían con sus tres hijos
–Rafael (Fello), Carmen Victoria y Ángel Francisco, de 18, 16 y 12 años de
edad, respectivamente- en el segundo piso de una modesta vivienda ubicada en la
calle 19 de Marzo, frente a la residencia del doctor Viriato Fiallo, líder de
la Unión Cívica Nacional. Carmen regresó
asustada a la habitación donde dormía su esposo y le informó que policías con
ametralladoras al mando del coronel José de Jesús Morillo López, estaban
buscándole para hacerle preso.
-¡Esto se acabó!- le dijo su
esposa, quien había cerrado las rejas que daban acceso a las habitaciones,
lanzando las llaves hacia adentro.
La mujer le dijo a los
policías que su esposo no se encontraba, sino que estaba reunido con
Bosch. Los agentes habían escuchado
afuera una conversación que terminó de convencerlos de que Miolán no se
encontraba dentro de la casa. César
Roque, diputado del PRD, había preguntado al sereno del edificio por
Miolán. El hombre le dijo que le había
visto salir para el Palacio Nacional.
Roque partió raudo por la 19 de Marzo hacia arriba. La patrulla policial decidió seguirle.
Miolán, de 49 años, estaba profundamente
disgustado con Bosch. El día anterior,
feriado de Las Mercedes, se presentó en el Palacio con la intención de hacerle
una serie de reclamos en beneficio del PRD.
Era temprano en la mañana y Bosch no estaba aún en su despacho. Pero logró conversar con el vicepresidente
González Tamayo y con Majluta, el ministro de Finanzas. Miolán les dijo que estaba indignado y que
ellos debían hacerle saber a Bosch su decisión de producir un rompimiento a
menos que el Presidente no modificara su actitud hacia el partido.
A su regreso a casa esa
noche, Miolán descolgó el teléfono para encontrar un poco de tranquilidad,
debido a que Carmen, su esposa, estaba padeciendo de un ataque de migraña. El enfado de Miolán con Bosch tenía su origen
en el rechazo de éste de las recomendaciones que el primero les hacía a favor
del partido o de su militancia. Las
diferencias llegaron tan lejos que en una oportunidad, recordaría Miolán, Bosch
ordenó que cerrara el partido y pusiera candados a sus locales. Para evitar una crisis, Miolán pidió la
cooperación del presidente Betancourt, quien envió un mediador para resolver el
conflicto. Bosch aceptó hablar con el mediador venezolano,
amigo de ambos. Pero no dio su brazo a
torcer. Finalmente forzó a Miolán a
convertir los locales del PRD en escuelas de alfabetización. Bosch era, definitivamente, según Miolán, “un
saco de pasiones”.
Cuando los agentes
abandonaron su casa, yendo detrás del jeep del diputado César Roque, Miolán
discó el número de la embajada de Venezuela y contó al embajador Guido Groscor
que habían derrocado a Bosch. Miró el
reloj y comprobó la hora: cinco de la mañana.
El embajador le dijo que estuviera listo en pocos minutos en la puerta
de la casa, donde él mismo pasaría a recogerle, lo cual hizo.
Tan pronto como Carmen vio a
su esposo abordar el vehículo del embajador Groscor, instruyó a su hijo mayor,
Rafael, que le siguiera por si su padre era interceptado por la Policía. Una patrulla reconoció el vehículo de Miolán
detrás del automóvil con placa diplomática e hizo fuego contra él. Rafael regresó poco después, ileso, a su
casa, con la noticia de que su padre había llegado a salvo a la embajada.
Groscor recibió esa misma
mañana un cable cifrado de la Cancillería de su país anunciando el cierre de la
misión y el rompimiento de relaciones en protesta por el golpe de Estado. Groscor lee el mensaje a Miolán y lo lleva el
mismo a la embajada de Colombia donde permanecería cinco días.
--00—
Tres hombres que nada tenían
que ver con el golpe, fueron testigos excepcionales de éste: Bienvenido Hazim
Egel, de 34 años, diputado al Congreso Nacional por el Partido Nacionalista
Revolucionario Democrático (PNRD), del general Ramírez Alcántara y director de
Deportes, se había presentado a casa de
Bosch la noche anterior, al difundirse el rumor sobre una grave crisis
política. Allí se encontró con el
embajador Homero Hernández Almánzar y Rafael Ellis Sánchez Cambiaso (Pupito),
subdirector del DNI, el organismo de seguridad del Estado.
Temiendo lo peor, toman sus
ametralladoras y se dirigen al Palacio.
La entrada posterior, hacia la avenida México, estaba ya fuertemente
custodiada y no se les permite de inmediato la entrada. Tan pronto como se identifican son
desarmados. En eso ven llegar al
periodista Bonilla Aybar, severo opositor del gobierno, a quien en cambio
permiten ingresar. Este hecho les basta
para percatarse de cuán crítica es la situación.
-¡Esto se jodió!- dice
Hazim, enviando un mensaje al general Viñas Román, quien buen rato después les
permite pasar, con otros civiles que comenzaron a llegar unos tras otros. Horacio Julio Ornes, Celito Báez, Juan Isidro
Jimenes Grullón, Ángel Severo Cabral…
Los tres amigos
permanecerían en el interior del Palacio hasta las primeras horas del día,
cuando el golpe estaba ya consumado.
Tuvieron tiempo de presenciar una agria discusión entre Severo Cabral y
un oficial. El general Viñas Román
corrió a la habitación y le dijo a Severo Cabral que allí mandaban los
militares. Disgustado por el golpe,
Hazim abandonó con sus amigos la sede del Poder Ejecutivo no sin antes
comunicarle al general Ramírez Alcántara su decisión de renunciar del PNRD.
--00--
La noticia tomó
desprevenidos también a dos importantes figuras públicas, los hermanos Luis y
Fernando Amiama Tió. Aunque no eran
personas allegadas al Gobierno, sí estaba ligados a Bosch por vínculos de
amistad que se remontaban a lejanas época juveniles. Luis fue el primero de los dos en
enterarse. Le despertó una llamada de
larga distancia de los Estados Unidos.
Era Francisco Aguirre (Pancho), un norteamericano de origen
nicaragüense, jefe de la familia propietaria del Diario Las Américas de Miami. Aguirre llamaba excitado desde Washington:
-¿Qué haces, Luis?- le
preguntó.
-Dormir.
-¿Pero tu no sabes que Bosch
fue derribado hace unos instantes?
Amiama saltó rápidamente de
la cama y discó el número de su hermano Fernando para referirle la
conversación, quedando ambos en juntarse de inmediato en el Palacio. Fernando, quien residía en la avenida
Francia, cruzó hasta el edificio del cuartel general de la Policía y le
solicitó prestado un jeep al asistente del general Peguero Guerrero. Mientras se dirigía a toda marcha conduciendo
él mismo hasta la sede del Ejecutivo, Luis, su hermano mayor, recibía otra
llamada telefónica, esta vez de una mujer angustiada, Ángela Bosch de Ortiz, la
madre del joven Fernando, el sobrino del Presidente que había presenciado la
forma en que los militares llevaban a cabo el golpe de estado.
En la entrada posterior del
Palacio, Fernando Amiama distinguió a dos amigos: Homero Hernández y Bienvenido
Hazim Egel, que armados trataban de convencer a los oficiales que se les
permitiera ingresar al recinto. Amiama
sintió que sus dos amigos podían correr un serio peligro y les inquirió que
hacían allí en tales circunstancias.
-¡Vinimos a ponernos a las
órdenes del Presidente Bosch!- le respondieron con decisión.
Un sentimiento de nostalgia
se apoderó de Fernando Amiama mientras penetraba a la sede presidencial donde
ya Bosch era un prisionero. Sus
recuerdos retrocedieron a la época en que éste se preparaba para marchar al exilio. Él había sido uno de los cuatro íntimos a los
que Bosch confiara entonces su intención de quedarse en el extranjero, más allá
del límite de un mes de permiso que le concediera el régimen de Trujillo para
cumplir un compromiso literario. Podía
recordar con perfecta claridad aquel gesto decidido del joven escritor, cuando
les dijo: “La suerte está echada”. Él
estuvo también con los demás del grupo –Pompilio Brouwer, Virgilio Díaz Ordoñez
y Miguel Peguero hijo, poetas y escritores los dos últimos- para despedirle en
el puerto, aquel lejano día en que Bosch partía decidido a “combatir la
dictadura”. Incluso aún podía recordar,
como si el tiempo no hubiera transcurrido, la obstinación de Díaz Ordoñez de
permanecer en el muelle, diciendo adiós al amigo con un pañuelo blanco,
mientras el barco se perdía en el horizonte.
Fernando Amiama Tió
experimentó un repentino sentimiento de dolor interior y se dijo que haría
cuanto estuviera a su alcance para aliviar la situación de su antiguo amigo
caído en desgracia.
En los días siguientes,
muchos funcionarios del régimen depuesto encontraron refugio en la residencia
de Luis Amiama Tió, quien los protegió hasta que pudieron salir deportados al
exterior. Luis Amiama firmó el
manifiesto del golpe de estado, pero no desempeñó cargos en el nuevo gobierno. En cambio, Pompilio Brouwer aceptaría un
puesto en el gabinete.
--00—
Entre las muchas llamadas
que Bosch hiciera o recibiera en el teléfono privado que estaba en un costado
de su escritorio, una en particular desataría reacciones en cadena. Manuel de Jesús Eusebio (Chichí), de 30 años,
presidente del Comité del Distrito Nacional del PRD, secretario de Asuntos
Sindicales del Comité Central y coordinador de la Azucarera Haina, llamó al
número de Bosch cuando supo que estaba en marcha un golpe de estado.
Eusebio recibió la noticia
de un primo hermano, Víctor Soñé Uribe, médico del hospital militar que
funcionaba en el sector universitario.
El dirigente sindical previamente había logrado reunir a un grupo de
diputados del PRD.
-Tengo todo arreglado para
prenderle fuego a la ciudad por los cuatro costados, Presidente –le dijo.
Bosch reprueba la sugerencia
y le insta en cambio a actuar con mesura.
La violencia, le dice, puede desatar situaciones peligrosas.
-Cero violencia- le repite y
cuida tu vida. Hay que estar vivo.
La reunión fue interrumpida
por la llegada de unidades del Ejército, que detienen a Eusebio, mientras
varios diputados logran escabullirse por el patio, escondiéndose en diferentes
casas del vecindario, del ensanche Alma Rosa, en la zona oriental de la
ciudad. Eusebio es llevado a la Policía
y en el curso de la mañana ante el propio jefe del cuerpo, el general Peguero
Guerrero, quien era su amigo.
Unas horas más tarde, el
general hizo honor a esa amistad dejándole ir.
No tendría que esperar demasiado para arrepentirse de haberlo hecho.
--00—
Una de las llamadas
realizadas por Bosch no tuvo ningún propósito político. Era una llamada sentimental de un amigo. Bosch marcó el número de la casa de Francisco
Comarazamy, jefe de redacción de El Caribe, quien vivía a poca distancia de la
entrada principal del Palacio Nacional, en la esquina de las calles Julio Verne
y Manuel María Castillo. Desde el balcón
del despacho presidencial podía verse la modesta casa del periodista.
Comarazamy contestó el mismo
la llamada. Acostumbrado a las
emergencias de su trabajo en el diario, el periodista de 51 años no se alarmó
al escuchar el timbre del teléfono. Su
asombro vendría al identificar la voz del Presidente del otro lado de la
línea. Debido a su vieja amistad, que
databa de sus años de inquietudes literarias en San Pedro de Macorís, antes de
que Bosch partiera al exilio, no guardaban entre ellos las formalidades. En otras palabras se tuteaban. Comarazamy había acompañado a Bosch en su
reciente viaje oficial a México y éste al inicio del Gobierno trató en vano de
designarle en el puesto de secretario de prensa. Invocando su condición de amigo, el
periodista rechazó el honor que el mandatario le dispensaba. Pero ya que había pensado en él, podía
designar a su hermano Eduardo, también periodista, en la posición. Bosch estuvo de acuerdo e hizo el
nombramiento.
El jefe de redacción de El
Caribe notó un cambio en la voz de su amigo, usualmente segura y firme. Ahora
sonaba trémula, como la de alguien expuesto a una interminable jornada de
trabajo sin descanso, falto de sueño.
Fue un saludo poco habitual, que Comarazamy fijaría en su mente para
toda la vida.
-Ya todo terminó, Pancho- le
dijo Bosch. –Es cierto, han tumbado el
Gobierno.
Eran las primeras noticias
del golpe para Comarazamy que permaneció tieso escuchando la voz de su
amigo. Sonaba lejana, como si le hablara
directamente desde el balcón de las oficinas en las que ahora permanecía
prisionero. Recordaron algunas experiencias
de juventud, en el viejo Macorís del Mar: las lecturas, las ilusiones, los
temores de sus íntimas rebeldías frente a un poder que sojuzgaba y los
arrinconaba, aprisionando la imaginación, cercenando sus ansias incontrolables
de libertad. Todo en unos minutos. Se despidieron.
--00—
Para Nassin J. Hued, de 42
años, dirigente del PRD y director general del Parque Zoológico y Botánico,
aquel sería un día como ningún otro.
Luego de quedar informado
del arresto de su íntimo amigo el periodista Julio César Martínez, director de
Radio Santo Domingo, se dirigió a su oficina.
Olga, la esposa de Martínez, le había explicado la forma violenta usada
por los policías para sacarlo de la casa y llevárselo en un camión como si se
tratara de un animal. Hued estaba
arengando a los 140 empleados del parque respecto a la necesidad de oponerse al
golpe, cuando una patrulla se presentó al lugar. Modificó entonces el tono y empezó a elogiar
el cambio de gobierno. Bosch era comunista “y estaba bien que lo
derrocaran”. El oficial se alejó
satisfecho por lo que había escuchado.
Con hombres como el director del Parque Zoológico y Botánico no se
necesitaba de un servicio adicional para proteger las instalaciones.
A seguidas Hued recibe una
llamada de su esposa Ramona Nina, quien le dice que Peña Gómez y otros
dirigentes del PRD esperaban por él en su casa.
Se dirige guiando él mismo su Dodge Dart, convertible rojo de capota
negra, hasta el almacén de aprovisionamiento del Ayuntamiento, situado en la
parte alta de la ciudad, donde tenían lugar numerosos registros y retira cien
resmas de papel y una considerable cantidad de cajas de papel carbón. Cuando el encargado del almacén le preguntó
para qué necesitaba todo ese material, Hued le dijo en tono de complicidad que
el síndico le había encargado “un montón de trabajo”.
Con todo ese material de
oficina colocado en el baúl y el asiento trasero del automóvil, Hued se dirige
a su casa para hacer entrega del mismo a Peña Gómez. Los panfletos y volantes que el PRD lanzaría
en los días siguientes se harían con ese papel.
Hued se encargaría él mismo de ayudar a su distribución, protegido con
la placa oficial de director del Parque Zoológico y Botánico, puesto que
conservó por un tiempo para poder encubrir sus actividades.
--00--
Salvador Pittaluga Nivar,
abogado de 30 años, tendría motivos personales para recordar ese día por el
resto de su vida. La secretaria de la
esposa del Presidente le había enterado a muy temprana hora de la mañana de los
sucesos del Palacio Nacional. Pittaluga
dirigía La Tarde Dominicana, un diario de tendencia pronunciadamente
boschista. También dirigía la Asociación
Dominicana de Periodistas y Escritores, fundada en marzo de 1962.
Pruebas de su ascendencia en
el Gobierno eran dos hechos. Bosch le
escogió él mismo para servir de moderador en el debate pre electoral con el
sacerdote Láutico García y luego le designó para organizar el protocolo de los
actos de juramentación del 27 de febrero.
Unos días antes, el general Belisario Peguero le había puesto en guardia
informándole de la existencia de una trama contra su vida. Para protegerle, el jefe policial envió tres
agentes a su casa. Ahora que Bosch
estaba detenido en el Palacio, Pittaluga se hizo la idea de que los tres
agentes que estaban allí para cuidarle, podrían haber sido enviados en realidad
para detenerle y, quien sabe, si para matarle.
Así que preparó una maleta de mano con alguna ropa, metió su pasaporte
en un bolsillo del saco y escapó por la puerta trasera de su casa, en la calle
Pedro Henríquez Ureña esquina Máximo Grullón, próximo a la residencia del
embajador de los Estados Unidos.
Pittaluga fue a casa de su
hermana Isa, cuyo esposo, Alejandro Martínez, accede a prestarle su automóvil,
un Peugeot color gris, en el que se aleja por la avenida Francia en dirección
este, hasta la residencia del encargado de Negocios de la embajada de Chile, su
amigo don Juan Zuñiga. Apenas unos días
antes, el diplomático le había ofrecido una cena en su condición de próximo
embajador dominicano en Chile, puesto para el que la Cancillería había
solicitado el placet. Zuñiga no puso
reparos para aceptarlo como asilado.
Pero Pittaluga le dijo que no pensaba asilarse todavía. En cambio, estaba interesado en dejar allí su
equipaje de mano y pasaporte mientras procedía a arreglar unos asuntos de
importancia. Tomaron un te y Zuñiga se
dispuso a enviar un cable a su gobierno informándole de la nueva situación
política dominicana.
Pittaluga abordó de nuevo su
auto en dirección a la zona colonial.
Pero no encontró a Miolán en su casa, la cual estaba ya rodeada de
policías. Sigue entonces hasta las
oficinas del diario y parquea el automóvil en la parte de atrás del edificio,
en la calle Noria, donde podía llegar a través de una salida de emergencia en
caso de necesidad. Ya en su despacho,
Pittaluga empieza a llamar al personal para tratar de sacar una edición extra
del periódico. Su hermano mayor, Manuel,
banquero, va en su busca para advertirle que su vida corre peligro por lo cual
debe esconderse.
-Tú eres mi hermano mayor y
te debo respeto- le dice. Protégete tú y
déjame cumplir con mi deber.
Llorando, Pittaluga se
sienta ante su máquina para escribir un editorial de protesta contra el golpe. Alguien sugiere hacer sonar la sirena del
periódico. Cada día, de lunes a viernes,
en La Naciónsolía tocarse un pitazo al marcar el reloj el mediodía. Había otra tradición, ésta de los bomberos,
que hacían sonar su sirena todas las tardes a la 1:45. A tono con la práctica del antiguo diario que
el nuevo respetaba, se hace sonar la sirena fuera de hora y en la pizarra
colocada a la puerta de entrada, que daba a la avenida Mella, escriben con tiza
la noticia del golpe. Cierran con
candado la puerta de hierro del edificio para evitar la entrada de la policía,
que llega minutos después de los dos toques de sirena. El director escapa por la puerta de atrás
huyendo en el Peugeout estacionado en la calle Noria. La llegada de los agentes impide la salida
del extra.
Camino de la embajada de
Chile, Pittaluga se topa con que la Policía ha cerrado el tránsito. Se estaciona en la esquina de las calles
Francia con Máximo Gómez y va caminando hasta la embajada. Un oficial montado en un jeep lo reconoce, le
hace preso y lo conduce al cuartel de la policía, a tres cuadras de
distancia. Cuando pasaban frente a la
embajada, Pittaluga logra zafarse y penetra corriendo hasta la galería de la
misión diplomática. Varios agentes le
disparan y él se lanza al piso. Astillas
de la pared le caen en el hombro y la cabeza.
Creyéndose perdido, Pittaluga extrae su revólver calibre 38, mientras
observa al oficial andar hacia él con una pistola apuntándole. Le entrega el revólver y le dice:
-¡Ahora lléveme preso si
usted quiere!
El general Belisario Peguero
ordena encerrarlo. En el patio del
cuartel el detenido observa que otros prisioneros pasan por dos filas de
agentes que los golpean con sus macanas.
Apela al coronel Ramón Soto Echavarría, su amigo, quien evita que corra
la misma suerte de otros detenidos. Pero
lo encierran en una celda donde están varios funcionarios del Gobierno
derrocado, entre ellos el ministro del Interior, Miguel Domínguez Guerra y el
ex ministro de Industria y Comercio, Diego Bordas.
La treta de Pittaluga de
hacerse tomar preso en la embajada, da pronto resultados. El encargado de Negocios, Zuñiga, llega ante
el jefe de la Policía con una protesta oficial de que la misión ha sido
tiroteada. Presentando el pasaporte que
Pittaluga le había dejado en custodia, exige que se le entregue porque él es un
protegido del Gobierno de Chile. Es así
como una media hora más tarde, Pittaluga consigue entrar a la embajada de Chile
como asilado.
--00--
Dos grandes amigos
compartieron ese día la misma suerte. El
historiador Hugo Tolentino Dipp, soltero de 33 años, profesor de Derecho
Constitucional de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Autónoma
de Santo Domingo (UASD), decide poner en aviso al arquitecto Rafael Calventi
Gaviño, de 31 años, también soltero, cuando es informado del golpe, bien
temprano en la mañana. Tolentino vivía
en un bungalovw, en casa de su abuela, en la calle Moca (más tarde Jonas Salk)
de la zona universitaria, que compartía con Calventi hasta apenas unos días
antes, cuando éste se fue a vivir al Hotel Jaragua. Los dos tenían mucho en común. Eran profesionales brillantes que habían
vivido en Europa. Las autoridades tenían
fichado a ambos como comunistas.
Tolentino no pertenecía a
ningún partido. Pero había sido deportado
por el Consejo de Estado en febrero de 1962.
Regresó al país una vez que Bosch asumiera el poder. Calventi había estudiado en Italia y vivido
en Francia y Estados Unidos. Su madre y
la madre de Bosch eran hermanas, el era
primo hermano de Bosch. Esta era
suficiente razón para que se pusiera a salvo de inmediato. Tan pronto como Tolentino le avisa, va a su
encuentro a casa de éste y se esconden ambos en la residencia de Santiago
Elmúdesi Porcella, hermano de Ángelo, quien llevara a Fernando Ortiz Bosch a
esconderse esa misma mañana a la embajada de México.
Elmúdesi no ocultaba sus
simpatías hacia el Gobierno. Nada
extraño resultó que en el curso de la mañana, las tropas que rodeaban la
universidad tocaran a las puertas de su casa, situada en las cercanías. Los dos profesionales escondidos allí huyeron
a través de los patios, para refugiarse esta vez en la residencia de Villón
Hernández, casado con una prima de Calventi, en la calle Capitán Eugenio de Marchena,
donde permanecerían por un tiempo.
--00—
Miguel Ángel Velázquez
Mainardi, de 26 años, haría esfuerzos para tratar de reunir al Senado, pero la
fuerte vigilancia militar le impidió llegar hasta el palacio del Congreso en el
Centro de los Héroes. Amigo de Bosch
desde los días de exilio, Velázquez había retornado al país el día de
Nochebuena de 1961. Sirvió como
reportero de La Nación hasta su cierre.
En compañía de otro reportero del diario, Juan José Ayuso, consiguió ver
a Bosch cuando éste tomó la decisión de cerrarlo. Clausurar el periódico es un error que
dejaría al Gobierno a merced de sus críticos.
El Presidente no acepta el razonamiento y señalando hacia su escritorio
repleto de oficios, les dice:
-Yo soy un prisionero en
esta trinchera de papel.
Como cubría las sesiones del
Congreso, Velázquez había hecho amistad con el doctor Casasnovas Garrido,
presidente del Senado. Al quedar cerrada
La Nación, Casasnovas protegió al periodista y le designó en el equipo de
asesores del Senado. Cuando El Caribe
publicó el nombramiento en primera página, Bosch se quejó ante Casasnovas,
porque eso daría pie a sus enemigos que insistían en el peligro de la
“infiltración comunista” en las esferas del Gobierno. Casasnovas, que estaba molesto por la
pasividad de Bosch, no le prestó mucha atención a la observación del
Presidente.
Escondido en la casa de su
amigo Ayuso, Velázquez recordaba estos incidentes cuando la Policía se presentó
allí en busca de “comunistas”. Delfa, la
esposa de Ayuso, le avisa a tiempo y él, disfrazado, logra encontrar refugio en
la calle Palo Hincado, frente al cine Olimpia, en la residencia de Brunilda
Soñé viuda Patiño, cuyo esposo, José Arismendy Patiño, alias Chepito, fuera uno
de los revolucionarios muertos en la expedición de 1959 contra Trujillo.
--00—
El golpe de Estado rompió la
rutina de un día normal de trabajo de Donald Reid Cabral, abogado y empresario
de 36 años, figura clave de la Unión Cívica Nacional. Reid estaba asociado con la familia
Pellerano, propietaria del Listín Diario.
Desde la noche anterior pudo seguir la evolución de los acontecimientos
en el Palacio Nacional, con la continuidad de una novela radial. Su amigo Fabio Herrera, viceministro de la
Presidencia, la había llamado temprano para informarle de los primeros
incidentes.
Reid supo por la parquedad
de Herrera que éste no estaba en condiciones de decirle mucho. Pero era suficiente. Esa noche no durmió. Temprano en la mañana, una vez que hubo
salido el sol, fue manejando él mismo su carro por las solitarias calles del
barrio residencial de Gazcue, donde vivía, hasta la casa del licenciado
Bonnelly, ex presidente del Consejo de Estado.
Bonnelly había salido presuroso a casa de Luis Amiama, donde Reid
encontró un ambiente de creciente excitación.
Volvió a casa de Bonnelly
con tiempo para presenciar las primeras discusiones respecto a quienes debían
integrar el nuevo gobierno del gabinete.
--00—
Para el doctor Alfonso
Moreno Martínez, de 40 años, llegaba el momento supremo de poner a prueba al
Partido Revolucionario Social Cristiano (PRSC).
En la campaña electoral, Moreno había sido adversario de Bosch como
candidato presidencial de su partido, que obtuvo una tercera posición en los
comicios del 20 de diciembre. El
dirigente socialcristiano vivía preocupado de que las terribles ofensas de campana
dominaran indefinidamente el curso de la vida política nacional.
Bosch ofreció al PRSC cargos
en el Gobierno. El partido las rechazó y
Bosch se vengó excluyendo a los líderes socialcristianos de la lista de
invitados a los actos de juramentación. Moreno
no le guardaba rencor por aquello. Aun
cuando el PRSC mantenía su línea opositora, en agosto había propuesto una
Comisión de Conciliación o Mediación para juntar al Presidente y a los líderes
de la oposición en una misma mesa.
Moreno estaba convencido de que esa iniciativa podía neutralizar la
amenaza de un golpe. El debate político
nacional adolecía de una deplorable ausencia de relación personal entre los
líderes. El razonamiento del líder
socialcristiano se basaba en una interpretación personal del temperamento
dominicano. Por más irrespetuoso que un
ciudadano de este país fuera de la ley, sentía en cambio un gran respeto por su
palabra. El conocía muy bien ejemplos de
gente importante que podía no avergonzarse de violar una ley, pero que al propio
tiempo no podría soportar la idea de que alguien le endilgara haber incumplido
o faltado a su palabra.
Moreno discutió una noche
esta idea con el director del Listín Diario, Rafael Herrera, y éste sacó una
información con la propuesta en la primera página de la edición del día
siguiente. La iniciativa apoyada por Herrera,
prosperó, pese a cierta oposición inicial.
La comisión quedó integrada por tres figuras muy respetadas sin
militancia partidaria, el licenciado Ángel Liz, el doctor René Puig Bentz y el
doctor Miguel Ángel Piantini. La
comisión logró reunirse por separado con Bosch y algunos líderes de oposición. Sin embargo, nunca pudo sentarlos a todos a
una misma mesa.
Mientras tenían lugar todos
estos esfuerzos, Enrique Alfau, inspirador de las manifestaciones de Reafirmación Cristiana, invitó a los
principales dirigentes del PRSC a una reunión.
Esta se celebra en una pequeña oficina en la residencia de Yuyo
D’Alessandro, donde regularmente el partido discutía sus asuntos más
importantes. El objetivo de Alfau era
conseguir el respaldo del PRSC a las manifestaciones cristianas contra Bosch.
-Mire, don Enrique- le dijo
Moreno Martínez,- nosotros no sólo no participaremos en esas concentraciones,
sino que expulsaremos al dirigente o militante que participe en ellas.
Alfau se levantó disgustado
y lanzó una fuerte advertencia contra los socialcristianos:
-¡Ustedes lamentarán esta
decisión!
Tan pronto se enteró del
golpe militar, Moreno llamó al doctor Luis Martínez Pina, de 42 años para
convocar de inmediato a una reunión de emergencia del comité central a fin de
fijar la posición oficial del partido.
La reunión tiene lugar esa misma mañana, en el local de la organización
en los altos de un inmueble ubicado en la intersección de las calles Mercedes
con Palo Hincado, frente al céntrico Parque Independencia.
El PRSC redactó un enérgico
documento contra el derrocamiento del gobierno constitucional, que se publicó
al día siguiente, jueves 26 de septiembre, en las primeras páginas de El Caribe
y el Listín Diario. A diferencia de las
demás organizaciones que se opusieron al golpe de estado, al PRSC no se le
proscribió y sus dirigentes pudieron reunirse sin muchas dificultades en los
locales del partido en las semanas siguientes.
--00—
Henry Molina, de 22 años,
secretario general de la Confederación Autónoma de Sindicatos Cristianos (CASC)
escuchó claramente los fuertes golpes en
la puerta, pero no tuvo tiempo de vestirse y escapar.
Hacía apenas poco más de dos
semanas que se había mudado al local de la confederación en el número 27 de la
calle Juan Pablo Pina, de la zona alta de la ciudad, para no causar molestias a
su madre, María Isabel Peña, que era inválida.
Cuando los agentes, comandados por el coronel Nin Melo tumbaron la
puerta principal del local, primero y de su habitación después, el joven dirigente
sindical oyó al oficial gritarle mientras le apuntaban con una ametralladora:
-¡Han tumbado el Gobierno!-
-¿Y que tengo yo que ver con
eso?- preguntó.
-¡Usted está detenido!
Mientras se le conducía al
cuartel general de la Policía, Henry Molina tuvo tiempo de recordar que en los
días previos a la celebración del Día del Trabajo, el primero de mayo, una
comisión de dirigentes venezolanos, de la que formaba parte el doctor Gonzalo
García, del partido social cristiano (COPEI) le advirtió a Bosch sobre la
posibilidad de un golpe en su contra. La
reunión tuvo lugar en la residencia del Presidente. Bosch se levantó ostensiblemente disgustado y
mandó a decirle a su colega Betancourt que se ocupara de sus problemas allá en
Venezuela, que él se ocuparía de los suyos en Santo Domingo.
--00—
Al otro lado del Atlántico,
las noticias del golpe perturbaron la tranquilidad de dos jóvenes dirigentes
del PRSC, que asistían en la parte francesa de Estrasburgo a un Congreso
Mundial de la Democracia Cristiana. Uno
de ellos, Guido D’Alessandro (Yuyo), de 31 años, tuvo un primer pensamiento
para su esposa Josefina Ricart y sus cinco hijos pequeños, que habían quedado
en Santo Domingo. Las informaciones eran
inquietantes. La razón principal de su
preocupación estaba en la cercanía de su residencia del Palacio Nacional, sede
del Gobierno. Los D’Alessandro era una
familia muy unida, cuyos miembros compartían una extensa propiedad situada a
sólo dos cuadras del Palacio Ejecutivo, en la calle Doctor Delgado. Yuyo y su hermano mayor Armando, ingeniero de
profesión, cobraron notoriedad en los años finales de la dictadura. Su padre, Guido, fue un arquitecto famoso a
quien Trujillo encargó a mediados de la década de los`40 la construcción del
enorme edificio de mármol del Palacio Nacional, circunstancia ésta que no le
libró de caer en desgracia con el régimen años después, situación que
prevaleció hasta su muerte en la década siguiente. La esposa de Yuyo, Josefina, era hermana de
Octavia (Tatana) Ricart, primera esposa de Ramfis, el hijo mayor de
Trujillo. Esta relación permitió a Yuyo
penetrar al círculo íntimo de Ramfis, pero los sucesos ocurridos a raíz de la
expedición del 14 de junio de 1959, proveniente, de Cuba, cambiaron
radicalmente la actitud de Yuyo y de la familia frente a la dictadura.
Tan pronto como tuvo
noticias del golpe, Yuyo tocó a las puertas del cuarto de hotel de su compañero
de viaje, doctor Leonel Rodríguez Rib,
miembro del comité central del PRSC y ambos deciden llamar a Santo Domingo para
obtener un informe más acabado de la situación y de la posición que asumiría el
partido. Moreno Martínez les hizo un
breve recuento de la reunión que aprobó el comunicado de protesta y les
instruyó a fin de gestionar ante el Congreso una resolución de repudio de la
democracia cristiana internacional al derrocamiento del Gobierno libremente
elegido por los dominicanos.
Debido a las seis horas de
diferencia entre Santo Domingo y Francia, D’Alessandro y Rodríguez Rib se
vieron precisados a esperar hasta la sesión del día siguiente para cumplir con
la encomienda. Pero aprovecharon un
coctel esa noche para adelantar las gestiones.
Al final de la fiesta, los dos amigos estaban convencidos de que su gestión culminaría
exitosamente. “Fueron largas horas de
tensión, que parecían no concluir”, comentaría años después, Rodríguez
Rib. “Sin embargo, Yuyo y yo logramos
convencernos de que la resolución sería aprobada, como finalmente ocurrió”.
A comienzos de septiembre,
Bosch había convocado a Yuyo y a Moreno Martínez a un desayuno en su residencia
para analizar la situación política del país.
El Presidente estaba agradecido de la postura del PRSC y de su rechazo a
un eventual golpe de Estado. Pero los
dirigentes socialcristianos salieron convencidos de que Bosch no estaba
dispuesto a hacer mucho para evitarlo.
Pocas semanas después, a
miles de millas de distancia y separados de su patria por la inmensidad del
Océano Atlántico, D’Alessandro comentaba con su compañero estos hechos,
haciendo pronósticos sobre el futuro de la nación. Ambos coincidían en un punto: lo peor estaba
por venir.
Los detalles del desayuno
con Bosch fueron ofrecidos en distintas épocas por D’Alesandro, Moreno Martínez
y Rodríguez Rib en entrevistas separadas.
Muchos otros dirigentes del PRSC de aquella época consultados dijeron
que el partido, como resultado de ese encuentro privado, llegó a la conclusión
de que el Gobierno de Bosch haría muy poco para evitar su derrocamiento. “Creíamos que Bosch aceptaba la inminencia de
un golpe como algo inevitable y lo peor era que él parecía en ánimo de aceptar
esa tragedia como si caminara al encuentro con su destino”, dijo Rodríguez Rib
al autor en una entrevista celebrada en su despacho de rector de la Universidad
APEC, meses antes de su muerte, acaecida en 1992.
De Estrasburgo, finalizado
el Congreso, los dos dirigentes del PRSC viajaron a Bonn y Roma para gestionar
ante los gobiernos demócratas cristianos del canciller alemán Konrad Adenauer y
el primer ministro italiano Aldo Moro, respaldo a una campaña internacional a
favor del regreso a un régimen constitucional en la República Dominicana. D’Alessandro y Rodríguez Rib regresaron a
Santo Domingo a comienzos de octubre, sin mayores problemas.
--00—
Como venía haciéndolo todos
los días en el último año, Mario Báez Asunción acudió bien temprano en la
mañana de ese miércoles 25 de septiembre a sus oficinas de
director-administrador de Radio Cristal, en los altos de la Ferretería Morey,
ubicada en el inmueble de cuatro pisos situado en una de las esquinas de las
calles Duarte con El Conde, en el corazón del centro comercial de la vieja
ciudad de Santo Domingo. Mario que ya
tenía conocimiento del golpe, fue primero en busca de su hermano Luis Armando
Asunción, director y la voz más conocida de Radio Comercial. Las dos emisoras eran propiedad del
influyente Ministro de Propiedades Públicas, José A. Brea Peña, miembro del
Comité Central Ejecutivo del PRD y una de las cabezas visibles de su ala
conservadora.
Báez Asunción tenía fuertes
vínculos de amistad con Brea Peña y era un entusiasta del PRD y del Gobierno,
pero no era propiamente militante de la organización. Había sido deportado en el gobierno del
doctor Balaguer y Ramfis Trujillo el 17 de septiembre de 1961, a raíz de los
sangrientos sucesos ocurridos en los alrededores del puente Duarte. Esa vez una multitud se lanzó a las calles a
protestar contra el régimen. Era el día
en que arribaba una comisión del más alto nivel de la Organización de los Estados
Americanos (OEA), para investigar la situación de los derechos humanos en el
país e impulsar el proceso de democratización tras la muerte de Trujillo. La fuerzas de seguridad dispararon contra los
manifestantes matando de un balazo a un respetado profesor, el licenciado
Víctor Estrella Liz, lo que desató mayores protestas callejeras. Después de la expulsión de los Trujillo, como
resultado del pronunciamiento militar del general de brigada Pedro Rafael Ramón
Rodríguez Echavarría, el domingo 19 de noviembre de ese mismo año, Báez
Asunción, como muchos otros, pudo regresar de su corto exilio. En Curazao conoció a Bosch y simpatizó
inmediatamente con él. A su retorno a
Santo Domingo en diciembre de 1961, se encuentra con que Radio Cristal y Radio
Comercial, que formaban parte de la cadena noticiosa Comercris, estaban
fuertemente a favor de Bosch. Tribuna
Democrática, programa radial del PRD que frecuentemente difundía los discursos
de campaña del profesor, se transmitía por esa cadena.
Mario y Luis Armando no se
sorprendieron al observar la fuerte custodia militar a las puertas de las
escaleras que conducían a las instalaciones de Radio Cristal. Sospechaban de antemano que no se les dejaría
pasar y que las emisoras iban a permanecer cerradas. Por eso elaboraron un ingenioso plan. Estaban decididos a llevarlo a cabo
afrontando las consecuencias.
Los dos hermanos pidieron
permiso a los militares de custodia para retirar una maquinilla de escribir de
la dirección de la emisora, súplica a la que un oficial accedió. En lugar de la maltrecha Remington con la
cual se escribían las notas urticantes de “Noticias y Comentarios de
Actualidad”, diariamente dirigido y leído por Mario Báez Asunción y Tomás
Pujols Sanabia, sacaron una consola portátil, diseñada para transmisiones
radiales fuera de estudio. Los militares
no prestaron demasiada atención al bulto que tranquilamente bajaron ambos por
las escaleras, escoltados por dos soldados armados de fusiles y ametralladoras.
Mario y Luis Armando
colocaron el pequeño transmisor en el asiento trasero del vehículo y se
dirigieron rápidamente hacia la parte noreste de la ciudad, rumbo al clausurado
parque de béisbol conocido como Molinuevo Park, donde estaban instaladas las
antenas de Radio Cristal. Allí conectan
el transmisor, utilizando la línea telefónica existente y con la ayuda del
sereno de la planta, a quien encargan de vigilar los alrededores, inician una
transmisión clandestina incitando al pueblo a rebelarse contra el golpe. La transmisión apenas tenía unos cinco
minutos, cuando vecinos del lugar les advierten de la presencia de una patrulla
militar que anda en busca de “agitadores”.
Los dos hermanos escapan del
lugar, dejando abandonada la consola.
Atravesando de un extremo a otro la ciudad, se dirigen a la residencia
de Brea Peña, en el ensanche Piantini.
El ministro estaba muy preocupado por la suerte de Bosch, a esa hora,
alrededor de las diez de la mañana, totalmente desconocida para el pueblo. Brea Peña estaba tranquilo, no obstante,
porque en el comunicado oficial emitido esa mañana figuraba el general
Belisario Peguero, jefe de la Policía.
El oficial era un hombre odiado y temido por la generalidad de los
hombres del Gobierno y del PRD. Sin
embargo, él no tenía razones para compartir esos sentimientos. Brea Peña sostenía muy buenas relaciones con
el general Peguero, de quien, además era primo.
Sin embargo, el ministro
decidió tomar sus precauciones hasta tanto la situación lograra definirse. A pesar de la proclama anunciando el golpe y
la pronta integración de un gobierno civil, con apoyo de las Fuerzas Armadas,
todo parecía muy confuso y peligroso.
Analizó con sus dos amigos las posibilidades y aceptó ser trasladado por
éstos a la casa de un sobrino suyo, hijo de Julio Brea, en una propiedad campestre,
situada en el kilómetro 13 de la carretera Duarte, en los alrededores del lugar
donde veinte años después se construiría el Cementerio Cristo Redentor.
Mario condujo él mismo el
automóvil de Brea Peña, sin identificación oficial, pasando sin dificultad el
puesto improvisado de registro instalado esa misma mañana en el destacamento
policial del kilómetro nueve. El rostro
del ministro era muy conocido, pero el oficial, al inspeccionar con aire de
fastidio el automóvil no le prestó ninguna atención al ocupante del sillón de
atrás mientras éste leía, con disimulada preocupación, los titulares de primera
página de la edición de ese día de El Caribe, que nada traían sobre el golpe de
Estado.
Ninguno de los diarios de la
mañana publicó noticia alguna sobre el derrocamiento de Bosch hasta sus
ediciones del jueves 26. Cuando los
militares hicieron público el golpe, las ediciones matutinas estaban ya
circulando. La cadena Comercris
permaneció fuera del aire por varios días.
Sin embargo, se le permitió transmitir de nuevo, sin sus espacios de
noticias y comentarios, a comienzo de octubre.
Ni Brea Peña ni los hermanos Mario Báez y Luis Armando Asunción fueron
detenidos en los días siguientes al golpe, pudiendo reintegrarse los tres a sus
actividades privadas una semana más tarde.
--00—
Washington de Peña se libró
de un arresto porque regresó anticipadamente de Boca Chica, donde fuera
invitado a pasar el feriado del martes por Diego Bordas. La policía fue a media mañana del miércoles a
la casa veraniega de Bordas y le detuvo junto a otros dirigentes del PRD. Una vez en Santo Domingo, De Peña se uniría
al grupo de dirigentes de su partido que trató, infructuosamente, de organizar
una campaña de resistencia al golpe militar.
Aparte de la distribución de volantes, que Nassim Hued y otros
dirigentes y simpatizantes distribuyeron por la ciudad valiéndose de diferentes
recursos, todo cuanto pudieron hacer ese día fue una pequeña marcha en la zona
alta de la ciudad, sin mayores repercusiones.
Chichí Eusebio, el dirigente
sindical que el general Belisario Peguero dejó ir a media mañana poco después
de su arresto, puso en conocimiento a Washington de Peña de su
realización. Eusebio juntó a unas
doscientas personas y vestido de mujer inició una marcha protesta desde la
iglesia Santo Cura de Ars, en la avenida Nicolás de Ovando esquina Duarte. El desfile recorrió un extenso trecho hasta
llegar a otro templo católico en Gualey, uno de los sectores más depauperado de
Santo Domingo. Allí los esperaba la
policía. Eusebio fue detenido por
segunda vez en el día.
--00—
Un hermano de Diego Bordas,
Manolo, se movió desde muy temprano en San Juan, Puerto Rico, donde residía,
para conseguir que los periódicos puertorriqueños publicaran esa tarde
comentarios contrarios al golpe. Manolo,
de 43 años, llamó a su amigo Luis Laboy, asistente personal del gobernador Luis
Muñoz Marín y consiguió también que el periodista Harold J. Liddin escribiera
una nota crítica del golpe en la primera página del San Juan Star.
--00—
En la tarde del día 25, una
llamada sacó de su temprano retiro político a Pedro Manuel Casals
Victoria. A pesar de sus 24 años, había
cumplido satisfactoriamente en Europa a comienzos de año una misión para
extraditar a Ramfis Trujillo. Los
resultados finales de esa misión no se debían a él. No se le podía culpar de que Bosch no
alentara la gestión y la dejara morir al asumir la Presidencia. El joven se había recluido en su casa en la
calle San Luis, próximo a la fortaleza militar, varias semanas atrás y alejado
de la secretaría general de la Alianza Social Demócrata por una agria polémica
con Jimenes Grullón. Era éste quien
ahora le llamaba, requiriéndole sus servicios de inmediato en Santo
Domingo. Cuando se presenta ante su jefe
político, éste le dice:
-No estoy de acuerdo con el
golpe, pero es una realidad. Debemos
participar en el gobierno para que los buitres que están ahí no hagan un
desastre.
--00—
Jeannette Freisner, la
eficiente secretaria de la oficina de Información, Cultura y Diversión de la
Presidencia, llamó a las siete de la mañana a su jefe, el doctor Franklin
Domínguez, para informarle que el doctor Mario Read Vittini reclamaba su
presencia en el Palacio Nacional. Read
Vittini era uno de los líderes civiles del golpe de Estado y él, Domínguez, un
alto funcionario del Gobierno de Bosch.
De su oficina dependían la Dirección de Prensa de la Presidencia,
dirigida por el periodista Eduardo Comarazamy y Radio Santo Domingo Televisión,
a cargo de Julio César Martínez.
Domínguez vivía en la calle Sánchez, en la zona colonial, donde un vehículo
de la Presidencia pasó a recogerle minutos después. El dramaturgo de 32 años fue informado pronto
del interés del nuevo gobierno en mantenerle en su posición. Domínguez aceptó. Aunque no podía estar con el golpe, muchos de los que lo apoyaban eran
grandes amigos suyos.
--00--
Rafael Molina Morillo,
director ejecutivo de El Caribe, esperó a que estuviera casi lista la edición
para retirarse a su casa. El diario
seguía la costumbre de la época de Trujillo de esperar hasta muy tarde a fin de
dar cabida al último capricho noticioso del dictador. Aunque el diario había cambiado de línea y su
posición editorial era de total independencia, este hábito de trabajo
continuaba. Germán Ornes, el director,
se hallaba en Nueva York tomando parte en un curso y Molina Morillo, de 33
años, estaba al frente del periódico.
Con todo y haberse retirado
tarde del periódico, Molina se sintió feliz de haber llegado a su casa antes de
la medianoche del martes 24. No había
indicios de nada anormal y el feriado de Las Mercedes transcurrió tranquilamente
en el diario, demasiado, pensó, para la rutina habitual. Unas cuatro horas después, Ornes le llamó
desde Nueva York para preguntarle si todo estaba normal, Molina Morillo creía haber notado un poco de
ansiedad en la voz de su jefe. A las
cinco y media de la mañana, fue despertado por vecinos que venían a informarle
de la ocurrencia de un golpe de Estado.
Lo primero que hizo fue vestirse y dirigirse al periódico, esta vez más
temprano que de costumbre. Una vez allí
llamó al personal y envió a sus reporteros al Palacio.
A las nueve de la mañana, su
presencia fue requerida imperativamente por el general Imbert. El oficial convocaba a una conferencia de
prensa con periodistas nacionales y extranjeros para informar las razones del
golpe. Rodeado del general Viñas y de
otros oficiales, en un despacho de la tercera planta de la casa de Gobierno,
Imbert acusó a Bosch de haber incurrido “en muchas fallas” que obligaron a
derrocarlo. Los militares entregaron a
los periodistas copias del manifiesto leído momentos antes por la radio. Molina
Morillo volvió al periódico. Durante
toda la mañana estaría recibiendo llamadas de Ornes, ansioso ponerse al tanto
de los acontecimientos.
--00—
Ivelisse Prats Ramírez,
subdirectora del Instituto de Señoritas Salomé Ureña, militante del PRD y vicepresidenta
de la Asociación de Maestros del Distrito Nacional, asistió a una reunión en la
que se mimeografió un comunicado de protesta contra la acción golpista.
La educadora de 32 años
metió un fajo del manifiesto en su cartera y se dirigió a casa de su padre,
Francisco Prats Ramírez, un antiguo y leal colaborador de Trujillo,en el último
de un edificio de tres pisos en la avenida Bolívar esquina Pedro Lluberes. Estaba allí el doctor Carlos Sánchez y
Sánchez, gran amigo de su padre y a quien ella solía llamar “tío”. Éste le pregunta:
-¿Cómo están las calles?-
-Lo que te va a asustar es
en lo que yo ando-, le dijo en tono de broma extrayendo el grueso fajo de
volantes.
-¡Estás loca!- le dijo. Ella no esperó respuesta y salió a la calle a
distribuirlos.
--00—
Jottin Cury, abogado soltero
de 39 años, salió al balcón de su oficina en el segundo piso del edificio Lope
de Haro, en El Conde esquina Sánchez, donde también vivía, al escuchar un ruido
anormal para la hora. Como resultado del
enfriamiento político que dispersó meses antes a sus partidarios, Cury había
dejado su cargo en el Directorio del Distrito de la Unión Cívica Nacional. Desde entonces permanecía alejado de toda
actividad política, dedicado de lleno al ejercicio de su profesión. Semanas antes había publicado un artículo
titulado “Dejemos gobernar a Bosch”, que logró causar conmoción debido a los
viejos vínculos del autor con la UCN.
Cury vio un movimiento de tropas en dirección Este en la calle El Conde
y se acercó al lugar. Llegó a tiempo
para presenciar cómo los agentes desmantelaban y destruían el mobiliario del
local del Movimiento Catorce de Junio, unas cuadras más abajo, en la esquina
Hostos.
--00
Hamlet Hermann, ingeniero de
28 años, vivía con su esposa Carmen Rita Morera en un apartamento en la avenida
Independencia esquina Carreras, arriba de las oficinas de Mateco, el negocio de
materiales de construcción de Marino Auffant, uno de los líderes empresariales
del país. Esa mañana, Hermann, que
laboraba para una oficina técnica de ingeniería del Gobierno, acudió a visitar
temprano a su madre, quien residía frente al Palacio Nacional. Un oficial le explicó que habían derribado a
Bosch para evitar el triunfo del comunismo.
Cuando su jefe le llama horas después para que se reintegrara a su
trabajo, Hermann se sienta a escribir una carta de renuncia “para no servirle a
un gobierno golpista”.
--00—
El doctor Ramón Cáceres
Troncoso, abogado de 32 años recién cumplidos, vio frustrados sus planes de
regresar al país ese miércoles 25 debido al golpe. Cáceres era una figura influyente de la Unión
Cívica Nacional, que en el Consejo de Estado ocupara la importante posición de
secretario de Finanzas. Se encontraba en
San Juan, Puerto Rico, con su esposa María Matilde, comprando las ropas para el
bebé que pronto les iba a nacer. La
pareja tuvo que esperar hasta el día siguiente para poder regresar a Santo
Domingo. Cáceres Troncoso estaba
dedicado por completo al ejercicio del derecho.
El golpe modificaría su vida.
Tiempo después sería llamado a integrar el gobierno de facto instalado
en lugar del régimen legal del profesor derrocado.
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El estudiante de 17 años
Francisco José Sánchez Morales, del tercer año del bachillerato del Liceo Juan
Pablo Duarte, tendría motivos para recordar aquel día. Temprano en la mañana fue llevado de urgencia
a la clínica del Dr. Dinzey, en el barrio San Miguel, de la vieja ciudad, con
síntomas de una fuerte intoxicación. Al
ingresar en el centro se desmayó y perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí sólo escuchaba el correr
de los médicos y enfermeras en los pasillos gritando asustados que habían
derrocado al Gobierno. En su lecho del
hospital se prometió a sí mismo que jamás tomaría de nuevo Wampoole, el tónico
jarabe que su madre le hizo beber en exceso la noche anterior para fortalecerlo
y ayudarlo en sus estudios y por cuya razón estaba ahora postrado allí,
indefenso, en momentos en que tenía lugar un golpe de Estado.
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Barón Suero Cedeño, miembro
del Comité del Distrito del PRD, sintió una de las mayores frustraciones de su
vida, cuando se convenció de que esa mañana era imposible convocar el partido
para reaccionar ante el golpe. Sentado
en la casa de Nassim Hued con otros líderes de su partido, Suero se dijo que
este era uno de “sus peores días”.
Arriesgándose a un arresto se fue en la noche bajo el toque de queda a
su casa, bastante retirada, del ensanche Luperón.
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El viernes 27, dos días
después del golpe, Bosch pudo comunicarse por fin con su esposa Carmen. Llovía y la ex primera dama, vestida de negro
y el pelo cubierto con un pañuelo del mismo color, permaneció dos horas ante el
portón del palacio presidencial a la espera de que se le autorizara
entrevistarse con su esposo. Cuando se
cansó de esperar se dirigió a la embajada de Chile, donde buscara refugio el
día anterior. De allí discó el número de
la central telefónica del Palacio. El
número directo de Bosch ya no funcionaba.
Categóricamente pidió a la telefonista que la pusiera en contacto con el
“Presidente Bosch”. Doña Carmen esperó
pacientemente unos cinco minutos, al cabo de los cuales escuchó la voz de su
esposo.
La llamada fue hecha en
presencia de periodistas, uno de los cuales, Al Burt, de The Miami Herald,
logró grabarla en cinta magnetofónica.
El diario norteamericano publicaría al día siguiente una versión de la
conversación entre Bosch y su esposa. El
prisionero insistía en que él era, todavía, el Presidente legítimo. “Rehuso admitir que alguien pueda colocarse
por encima de mi legítima autoridad”, le dijo.
Bosch creía que aún se le temía aunque su única fuerza sea la “fuerza
moral del pueblo, una moral que procede del hecho de que el pueblo no ha sido
asesinado, ni perseguido, ni robado bajo mi gobierno”, afirmaba mientras su
esposa asentía con movimientos continuos de cabeza.
Según la versión reseñada
por el Herald de Miami, doña Carmen le
explicó por qué había abandonado su hogar y cómo no le fue posible verle a
pesar de habérsele informado que podía hacerlo viniendo al Palacio como ella
hizo esa mañana. Luego ella le contó las
razones por las cuales optar por irse de la casa en que vivían, y alojado en la
embajada de Chile. Su casa estaba bajo
amenaza de asalto. He aquí, según el
diario, parte de lo que ambos se dijeron:
Sra. de Bosch –Comencé a
caminar alejándome de la casa y el oficial me dijo: “Voy a disparar”. Le contesté: “Dispare”.
Bosch -¿Te amenazó?
Sra. de Bosch –Sí
Bosch, exclamando –Bueno,
hombre… ¡Qué bárbaro!
Sra. de Bosch –Entonces le
di la espalda.
Bosch – ¡Qué valiente!
Sra. de Bosch –Tendría que
dispararme por la espalda y me fui.
Bosch – ¡Qué valiente!
Entonces, la señora de Bosch
le pidió a su esposo un mensaje para el mundo y él le comunicó su negativa a
reconocer al nuevo gobierno.
Sra. de Bo
Por: Miguel Guerrero

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