
“El progreso y el desarrollo son imposibles si uno sigue
haciendo las cosas tal como siempre las ha hecho”. Wayne Dyer
En 1859 el escritor británico Charles Dickens publicó la
novela “A tale of two cities”, traducida posteriormente al español bajo el
título de “Historia de dos ciudades”. En este libro el genio crítico de
Dickens, haciendo uso de una sensibilidad proverbial al describir dramas
humanos, nos muestra la dicotomía social que existía durante la revolución
francesa entre la industriosa y pacífica ciudad de Londres, y la convulsa y
desordenada ciudad de París.
No obstante la brillantez de este escritor al retratar
realidades radicalmente opuestas en ciudades muy cercanas, pensamos que nunca
pudo haber imaginado que en una era mucho más “avanzada” y a una distancia geográfica
menor de la que separa a las 2 emblemáticas ciudades europeas, se reprodujeran
condiciones económicas y sociales aún más disímiles que las descritas en su
obra.
Y ese es el caso de la Isla “La Española”, también conocida
como Isla de Santo Domingo, donde gracias a las luchas imperiales de las
grandes potencias europeas de los siglos XVI, XVII y XVIII se formaron dos
estados con sendos pueblos de identidades y costumbres muy diferentes. En la
parte este de la isla se encuentra la República Dominicana, la cual ocupa
48,311km2 de territorio, y en la parte oeste se encuentra Haití, con 27,750km2.
La historia de ambas naciones está plagada de grandes
hazañas, tragedias y luchas compartidas. Haití, tal como nos explica Juan Bosch
en su ensayo “La Revolución Haitiana”, a inicios del siglo XIX llevó a cabo una
guerra feroz contra sus opresores esclavistas franceses y luego de lograr su
propia emancipación, procedió a ocupar la parte este de la Isla Española. Por
su parte los dominicanos, luego de 22 años de ocupación haitiana, libraron a
partir de 1844 una exitosa lucha armada contra el vecino invasor.
A partir de allí, ambos pueblos caminaron por senderos muy
distintos en busca del desarrollo. Mientras Haití ha sido una constante
tragedia de desorden institucional y miseria económica, la República
Dominicana, en cambio, ha mostrado progresivos avances económicos e
institucionales.
Esto se ha visto reflejado en todos los ámbitos de la vida
nacional de ambos pueblos, de forma tan determinante, que ya para 1925, los
haitianos habían deforestado más de un 80 % de su territorio, y 91 años
después, en el 2016, tan solo preservan un 2 % de su cobertura boscosa,
mientras que la República Dominicana ha preservado más del 30 % de su foresta.
Y si observamos el plano económico, podremos constatar que las diferencias
también son colosales. La Patria de Duarte tiene un Producto Interno Bruto
(PIB) --que es el valor monetario de nuestra producción en bienes y servicios--
casi 7 veces mayor al de la República Haitiana, y una tasa de pobreza 3 veces
menor.
Estas enormes disparidades, que van desde lo ambiental hasta
lo económico y social, son la razón por la que la población haitiana pobre
cruza la frontera hacia nuestro país en busca de mayores oportunidades, creando
a su vez, un complejo problema migratorio. Y hasta cierto punto, también
explican por qué se manifiesta una supuesta solidaridad y sensibilidad
internacional con el drama humano que presenta la nación más pobre del
continente americano.
Todo esto es entendible, ahora bien, hay un detalle que no
podemos obviar: ¡República Dominicana es un país pobre! por lo tanto, contrario
a Estados Unidos o Canadá, no tenemos la capacidad económica de asimilar una
migración descontrolada y masiva. Y a pesar de esto, hemos hecho un gigantesco
esfuerzo para ayudar a Haití al regularizar a más de 288,000 ilegales y recibir
a más de 50,000 estudiantes de ese país.
La comunidad internacional debe concentrarse en ayudar a
Haití a fortalecer sus instituciones y mejorar las condiciones de vida de su
pueblo, pero no puede esperar que los dominicanos resolvamos solos un drama de
miseria humana del cual no somos responsables y mucho menos aceptar que, como
planteó el expresidente uruguayo Julio Sanguinetti, “Haití, escudado en su
pobreza, se arrogue el derecho de lanzar a miles de sus ciudadanos por encima
de sus fronteras y luego exigirle a su vecino que se haga cargo”.
Por Ernesto Jiménez
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