Las críticas a la masiva ayuda humanitaria del gobierno a
las víctimas del huracán Mathew en Haití me parecen irracionales. No tienen
otra sustentación que no sea el deseo de alejar toda posibilidad de
entendimiento con un país sin dirección política, una economía en total
bancarrota y una población hambrienta y desesperada sin más opción que la ruta
que los trae hacia este lado de la frontera que compartimos. Hay asuntos que no
pueden evaluarse con anteojeras y la iniciativa del gobierno a favor de
millones de haitianos, en la coyuntura actual, es una sólida inversión por la
paz dominicana.
Se reclama que esa asistencia humanitaria a extranjeros no
se da a los nacionales que también la necesitan por los efectos locales del fenómeno
natural. La apreciación es injusta, porque la acción de auxilio oficial llegó a
la mayoría de las zonas afectadas en mayor proporción casi al unísono de los
vientos y lluvias huracanados, como ha quedado testimoniado en los medios,
incluso algunos de marcada tendencia crítica.
También se objeta sin argumento válido los proyectos
privados binacionales de inversión a ambos lados de la frontera, con el visto
bueno de las autoridades, sin detenerse a pensar que ese proyecto es de las
pocas opciones que disponemos para detener el creciente y descontrolado flujo
de inmigración, que constituye una amenaza real para el país. Al igual que la
decisión oficial de acudir prontamente en auxilio de millones de damnificados
haitianos, las inversiones para impulsar proyectos industriales fronterizos
tienen el objetivo común, no necesariamente acordado, de sentar una sólida base
de oportunidades, lo que permitirá a los haitianos encontrar en su propia
tierra lo que históricamente se les ha negado hasta ahora.
No olvidemos que en Haití no existe gobierno legítimo y la
posibilidad de elecciones democráticas en las circunstancias actuales parece
allí otra ilusión.
Por Miguel Guerrero

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