En nuestra
anterior entrega, presentamos la agenda de reformas que a nuestro entender debe
emprender el país en este nuevo periodo. Esas reformas, las enmarcamos en tres
áreas de importancia: la judicial, la económica y la política. Sobre esta
última es que precisamente queremos enfocarnos en esta ocasión pues, en cierta
medida, es la plataforma para el soporte de las demás. Sin reforma política
sería muy poco lo que pudiéramos avanzar y por el contrario, seguiría el
proceso de deterioro de los sectores que gravitan alrededor de la cosa pública.
Para este tema que serán dos escritos, nos dedicaremos exclusivamente a
formular las propuestas que consideramos pueden ayudar a fortalecer la
institucionalidad política dominicana.
Comenzamos
esta primera parte por la vida interna de las organizaciones políticas. Hace
tiempo que urge establecer pautas claras sobre su desenvolvimiento. Quizás el
aspecto más llamativo es el de los mecanismos para elección de candidaturas
dado que con el pasar del tiempo, hemos visto cómo la práctica de que sean los
militantes quienes escojan sus representantes electorales va desapareciendo.
Esto llegó a su punto máximo en el pasado proceso eleccionario donde la
dedocracia se impuso completamente sobre la democracia. Por ello, creemos que
una ley de partidos estará incompleta si no incluye primarias obligatorias,
simultáneas y organizadas de manera independiente de forma tal que podamos
derrotar el fantasma de la injerencia política externa dentro de los procesos
internos de cada partido.
Pero la
vida interna de los partidos va mucho más allá de la escogencia de candidaturas
cada cuatro años. También es preciso transparentar el proceso, mediante el cual
los partidos deciden quiénes integrarán sus cúpulas dirigenciales. Las
prolongaciones de mandatos, las asambleas amañadas o la no celebración de
asambleas y demás métodos tendentes a perpetuar personas y sectores son parte
de lo que ha contribuido a que los partidos en la mayoría de los casos sean
feudos y no las vías de participación de los segmentos poblacionales que dicen
representar. Por eso creo no puede ser dejada de lado la apertura de los
partidos a mecanismos democráticos mediante los cuales sus distintos miembros
puedan legítimamente aspirar a la directiva. Estableciendo esto con
credibilidad, puede terminarse la triste realidad de la división política
constante cada vez que cualquier partido, especialmente si está fuera del
poder, entra en un proceso de renovación, visto como amañado e irreal.
De igual forma, siendo los partidos políticos
receptores de fondos públicos desde la más reciente reforma electoral
significativa, la de 1997, urge el transparentar la manera en que estos hacen
uso de los recursos que reciben del erario. En varias ocasiones hemos propuesto
que haciendo uso de la prudencia, se reduzca considerablemente la cantidad de
recursos entregadas a los partidos políticos en años no electorales por el
hecho de que no existe justificación para tan altos montos cuando no hay
elecciones de por medio y sí muchas necesidades imperiosa en la población
dominicana. Junto con ello, sea cual sea el monto, es hora de rendir cuentas
reales y tener un régimen de consecuencias para quienes no lo hagan. Así,
dejamos atrás el proceso de mutación en que los partidos se vuelven una empresa
lucrativa.
Por Víctor Bisonó

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