Ha muerto Fidel Castro y yo me he levantado sin saberlo. A las
ocho de la mañana leí un mensaje de un amigo de Murcia: "No sé si
felicitarte o acompañarte en el sentimiento. Que la tierra sea leve con el
compañero Fidel". No fue el único en dudar del lado por el que respiro.
Durante toda la mañana mi teléfono ha estado colapsado con mensajes de
felicitación y de pésame a partes iguales.
Lamento defraudaros. No siento ni
pena ni alegría. Ni rabia ni dolor. La muerte de Fidel me da igual. No me
cambia la vida. Mañana no podré coger un vuelo y regresar a La Habana para
siempre, con un trabajo y un futuro para mi hijo. No hay odio en mi corazón. No
reprocho a nadie la vida que me ha tocado vivir. Me tocó y punto. Nací y crecí
con la Revolución. En Cuba me dieron, sin pagar un duro, una educación de
élite, tuve acceso a una sanidad gratuita y de calidad, pero los hombres no
pasamos toda la vida enfermos o estudiando. Yo no tengo madera de mártir. No
protesté. No disentí. Ni desfilé por la Plaza de la Revolución para aparentar.
Nadie reparó en mi ausencia. Me fui de Cuba a vivir mi vida. Y pido disculpas
por este artículo, no a una diáspora entera, sino a la gente que conozco y que
de verdad me importa. A los que han estado detenidos o apartados en Cuba por
razones ideológicas. También a los que, como mi hermana, hoy lloran la muerte
del comandante. Yo no tengo ganas de llorar. No puedo. No me salen las lágrimas.
No estoy triste, ni sorprendida, ni abrumada, pero tampoco tengo champán ni ron
ni güisqui guardados para brindar por la muerte de Fidel.
No me alegro ni lloro
por su muerte, pero no quiero coincidir con él ni en el cielo ni en el
infiernoHubo un tiempo en que deseé con todas mis fuerzas que muriera. Yo
estudiaba Periodismo en la Universidad de La Habana en los años 90 y en la
residencia estudiantil de F y 3ra, en el Vedado, escuchaba bajito a Willy
Chirino cantando que ese día "ya viene llegando". Y ha llegado, pero
con 20 años de retraso. A mí ya no me sirve de nada ni esto cambiará nada.
Fidel se rodeó de mediocres que acosaron a todo el que sacaba un pie del redil
y poco a poco comenzó el éxodo masivo de los que ya no podían más porque se
asfixiaban haciendo colas para comprar cuatro huevos, porque no querían hacer
trabajo voluntario los domingos rojos sino comer en familia, porque entendían
que la vida es una sola y que no hay por qué vivirla permanentemente en
penuria. No me compensa saber que todos éramos iguales. Igual de pobres y
cultos. El fuerte sentimiento antiamericano de los cubanos se transformó en
colas frente a la antigua oficina de intereses de los Estados Unidos junto al
Malecón, en cientos de miles de balseros rumbo a Miami. En aeropuertos llenos
de despedidas, madres llorando, hijos chillando. En Cuba un aeropuerto es más
triste que un tanatorio. Aún hoy puede que haya cubanos, a esta hora,
recorriendo a pie las selvas de Latinoamérica para llegar a ese monstruo que de
niños nos decían que era el imperialismo norteamericano. Nunca escuché a Fidel
explicar el motivo por el que millones de cubanos se han marchado de su país.
Es mejor llamarles "gusanos" que pensar que la Revolución es una
manzana podrida, levantada sobre las astillas de familias destrozadas.
Hoy Cuba
es un país desestructurado, profundamente dividido entre los que son, los que
no son y lo aparentan, los que están y los que se fueron. No hay sentimiento de identidad ni de pertenencia
a una nación. Sales de Cuba y lo último que quieres es que se te acerque un fan
del 'cubaneo', un nostálgico del comandante o alguien que se ponga a 'rajar' de
la Revolución. Yo miro hacia atrás sin rencor y doy gracias a Dios por no
sentirlo. Desgraciadamente no hay sitio allí para los que, como yo, creemos en
la necesidad de una reconciliación nacional en la que todos tenemos algo que
perdonar. Vuelvo a pedir disculpas a los que tienen motivos para odiar y a los
que siguen creyendo en la Revolución sin reparar en que tienen que elegir entre
Patria o Muerte. Respeto a los que hoy lloran la muerte de Fidel y también a
los que la celebran. No estoy ni en un bando ni el otro. Sólo sé que no quiero
verlos enfrentados.
Fidel ha muerto y lo van a cremar. Confío en que Yemayá no
permitirá que lancen sus cenizas al mar. Creo en los espíritus y me temo que el
suyo nunca se alejaría de la costa. No me alegro ni lloro por su muerte, pero
no quiero coincidir con él ni en el cielo ni en el infierno. Ya me jodí y lo
sufrí en esta vida.
Hoy recuerdo a mi bisabuela, que era una santa. Nunca
hablaba mal de nadie y no sabía nada de política. Cuando ella tenía más de 94
años le pregunté, hace mucho, cuál había sido el peor gobierno de Cuba desde
los años de la República de 1902 y me contestó que ninguno, pero "éste",
dijo refiriéndose al de Fidel Castro, es el único que me ha quitado la leche.
Mi tía, la solterona, la miró asombrada y le espetó: "Cállese Rafaela, que
usted está chocheando".
Por: TANIA COSTA

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