Dicen por ahí que aquellos caminos más largos y que más esfuerzo te suponen, son en la vida los más satisfactorios. Estos trayectos están repletos de momentos especiales en los que conoces tus fortalezas y debilidades, cambias de actitudes, exploras diferentes ideologías, pero sobre todo te preparas para el futuro.
Sin embargo, cuando el reloj marca la hora de despedir las experiencias que en los últimos cuatro años te han acompañado día tras día, llegan nuevas emociones, nuevas interrogantes y nuevos objetivos.
Decir adiós a la universidad que te acogió en sus aulas, te hizo más fuerte, te enseñó el verdadero valor de los conocimientos y llenó las páginas de tu diario de alegrías y tristezas en diferentes escenas, no es tan fácil como se piensa que será en el primer semestre.
¡Cuántos grandes amigos hemos conocido! ¡Cuántos admirables maestros han aportado a nuestro desarrollo profesional! Por eso y más, yo decido no decir adiós, sino hasta luego, porque tú has sido mi Alma Máter, la misma que tatuó en mi ser sus valores.
Estudiar en la Primada de América es una batalla que con dedicación y fuerza de voluntad los que despedimos nuestro paso por ella hemos logrado vencer. Y a pesar de que son inolvidables los momentos que viví en la Facultad de Humanidades, hoy se cierra una etapa que por siempre quedará marcada en nuestro espíritu como lo hacen una promesa o como se aferra un lapicero a la tinta.
Y es que tú UASD de mi ensueño más que una simple casa de estudios, eres la luz del presente y del pasado, tal como entonan las letras de tu himno, porque eres la esperanza de los líderes del futuro.
Tú me has enseñado que la responsabilidad le gana a la pereza y que los sueños no sólo se cumplen una vez en la vida, sino cada vez que nos proponemos superarnos y servimos de ejemplo a otros que han estado confundidos en este trayecto. Formar parte de la familia uasdiana sí se hace una vez, porque dar el primer el paso en la academia es sentirse en casa.
En medio de las dificultades, tu, mi amada Alma Máter, me has confirmado que al final lo que prevalece es la paciencia y la tolerancia, y más importante aún el jamás rendirse.
Las caídas que presenciaste han moldeado mi carácter. Nada hubiese sido de tal modo si no pruebo los sabores amargos. Ahora valoro los dulces.
Sólo me queda decirte gracias por enseñarme más sobre las realidades de la vida, pues en la verdad se encuentra la sabiduría. Tu, mi querida Madre Nutricia, vivirás eternamente en mi corazón.
Por: Jhenery Ramírez

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